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miércoles, 10 de noviembre de 2021

ALMA ANGÉLICA TERRAZA PÉREZ triunfó en los 57° Juegos Florales de Retalhuleu

Por: Oscar Fajardo Gil, Cronista de la Ciudad de Amatitlán

La escritora amatitlaneca Alma Angélica Terraza Pérez de Castañeda será premiada con el Segundo Lugar de la rama de prosa de los 57° Juegos Florales de Retalhuleu, organizados por la Casa de la Cultura "Tirso Manuel Córdoba García", en los cuales participaron 28 poetas y 21 escritores. Vaya para nuestra amiga Alma Angélica, nuestra más sincera felicitación.

La Municipalidad retalteca dio a conocer la apertura de las plicas correspondientes a los trabajos ganadores. La premiación se efectuará el 26 de noviembre 2021 a partir de las seis de la tarde, en un conocido restaurante de la ciudad que alguna vez fue bautizada como "la Capital del Mundo" por nuestro buen amigo el recordado Lic. Sergio Ramón Álvarez Jaramillo. Ganadores:

Rama Prosa (cuento): 

1. Cuento: Un milagro para Paulino. Autor: Vitalino Fidel Flores Pérez, de Colomba Costa Cuca, Quetzaltenango.

2. Cuento: El hijo del agua. Autora: Alma Angélica Terraza Pérez, de Amatitlán, Guatemala

Rama Verso:

1. Poeta ganador del Primer lugar: José De León Rodríguez, de Los Llanos, Sacatepéquez

2. Poeta ganador del Segundo lugar: Jorge Filiberto Pinto Marín, de Estanzuela, Zacapa

martes, 3 de octubre de 2017

EL PADRE SIN CABEZA

La boca costa tiene su mejor sonrisa en el sur de Amatitlán, donde corre rumoroso el Michatoya regando pastos y cañales, verduras y platanares, flores maravillosas y majestuosos árboles. Para llegar a este escenario esplendoroso de nuestra historia es preciso cruzar el puente de Anís y caminar más o menos un kilómetro y un poco más delante de la finca El Puente, encuentranse perdidas entre la maleza las ruinas que los amatitlanecos llaman “Iglesias Viejas” y en donde dizque en las noches oscuras y nubladas sale el “Padre sin cabeza”, cabalgando en una mula prieta como la misma noche.


En tiempos de la colonia, la finca era un rico ingenio azucarero propiedad de un encomendero que manejaba gran cantidad de indios y mestizos, entre los cuales se encontraba uno muy apuesto: Pedro Talavera. Valiente, fuerte, tocador de guitarra y enamorado, con su estampa había cautivado a la esposa del encomendero, la cual en su vehemencia se olvidó de todas las leyes divinas y sociales, y se entregó al guapo mozo. Durante muchos meses vivió secretamente sus adúlteras relaciones, pero temiendo que tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe, pensó que era mejor huir con el seductor.

Para llevar a cabo sus propósitos libre de apuros económicos, robó a su esposo una fuerte cantidad de dinero, la cual entregó a su amante. Este la ocultó, mientras llegaba la ocasión propicia para evadirse con la mujer, permaneciendo en la finca, tranquilo, normal, sin despertar ninguna sospecha. Pedro esperaba instrucciones de la mujer porque la situación era difícil, ya que el encomendero se había enterado del robo y tenía un cerco tendido para todo aquel que quisiese salir de su hacienda.

La sagaz mujer aconsejó a Pedro que, para poder burlar la vigilancia, se robara una vestimenta sacerdotal, ya que disfrazado de este modo le sería sumamente fácil salir, puesto que los curas eran los únicos que gozaban de completa libertad. Cuando se produjo el robo de la indumentaria sacerdotal, el padre bien pronto se dio cuenta pero no dijo nada a nadie, no así a su sacristán quien si se lo contó a su mujer y como a ésta le tocaba todos los días ir a hacer “el de adentro” a la casa grande, al trabar pláticas con su patrón, le contó lo sucedido en la iglesia.

El español luego se percató que esto bien podría tener conexión con el robo de su dinero y quizá era la manera de sacar el botín. No sospechando de su esposa, pero cuidadoso que pudieran revelarse sus planes, sin decir nada a su mujer organizó patrullas de acecho, con órdenes terminantes de llevarle la cabeza del ladrón.

Todo listo, una noche lóbrega de invierno, Pedro dispuso llevar a cabo el plan trazado; pero… ¡Ay! Infeliz, cuando iba pasando en su mula prieta, disfrazado de padre, los hombres del encomendero al pie del amatón grande cumplieron la orden fatal y de un solo tajo le cercenaron la cabeza. La mula espantada corrió al galope y, al querer saltar el Puente Chiquito, lanzó al río el cadáver decapitado, que el impetuoso río Michatoya, crecido por las copiosas lluvias, arrastró muy lejos, donde nunca apareció.

Por eso dicen que, en las noches más oscuras, por los aledaños de las “Iglesias Viejas” aparece "el padre sin cabeza" que no es otro que Pedro que busca su cabeza, que es lo único que aparece enterrado en el perdido cementerio de la finca.


Autor: Prof. Efraín Alfredo Guzmán Monasterio (1923-2001), Primer Cronista de la Ciudad de Amatitlán. Cuento ganador del Primer Lugar en los VI Juegos Florales del Círculo Cultural “Domingo Estrada” en 1970.